Cuando leo “El centenario de Edgar Morin”

Arlette Pichardo Muñiz
4 min readJul 22, 2021

Arlette Pichardo Muñiz

Una singular celebración, con un triple motivo de regocijo. Celebrar los 100 años de vida de una persona, merece una gran celebración. Celebrar los 100 años de vida de una persona en estado de lucidez mental, amerita más que una celebración. Celebrar los 100 años de vida de un pensador planetario en estado de lucidez mental, convida a una celebración sin límites. Celebremos, pues, hay motivos para hacerlo. El 8 de julio de 2021 Édgar Morin celebró los 100 años de vida. Una fructífera vida de calidad y felicidad. A lo largo y ancho del mundo universidades de diferentes países dedicaron homenajes en su honor.

En el reconocimiento organizado por la UNESCO en París, entidad de la que ha sido colaborador durante décadas, Edgar Morin inicia su disertación magistral rememorando la voz de Frank Sinatra en la interpretación de “A mi manera”, en inglés “My way”, y vuelve otra vez a los versos del poeta Antonio Machado “caminante no hay camino, se hace camino al andar” que coloca en el frontispicio de su monumental obra “El Método”. De esa misma manera inicia el recorrido por su propia vida: un camino trillado a su manera, como él mismo hace referencia.

He tratado de recordar en qué momento de mi vida académica empecé a leer a Edgar Morin y me ha sido difícil rememorar un momento en particular. Si bien tengo grabado en mi memoria que a principios de la década de 1990 recibí una invitación en mi universidad, la Universidad Nacional (UNA) en Costa Rica, para compartir mis experiencias de trabajo con vulcanólogos, oceanógrafos y otras disciplinas que aparentemente estaban muy lejanas al oficio de las Ciencias Sociales.

En aquella oportunidad, ya había introducido en mi discurso el valor de la transdisciplinariedad, más allá de la multi y pluri disciplinariedad. Sin duda, en ello reconozco inicialmente la influencia del pensamiento de Morin y un tiempo después la inspiración de la Carta de la Transdisciplinariedad, adoptada en el Primer Congreso Mundial sobre el tema, en el Convento de Arrábida, Portugal, del 2 al 6 de noviembre de 1994 (http://redcicue.org/attachments/article/137/2.0%20CARTA%20DE%20LA%20TRANSDISCIPLINARIEDAD.pdf).

Concepto que, por lo demás, décadas atrás causó gran revuelo en el ámbito de la normatividad universitaria, ya que el Estatuto Orgánico solo hacía referencia a interdisciplinariedad. Momento propicio para iniciar una búsqueda más acuciosa sobre el tema y la producción de Morin al respecto que, para entonces ya se había editado una cátedra con su nombre en la Universidad de El Salvador.

Volviendo a la apuesta epistemológica de Morin, se le reconoce el liderazgo en la corriente analógica del pensamiento complejo, con la propuesta del más importante dispositivo conceptual en ese contexto, de difusión intercontinental.

A partir de nociones como la interactividad, la organización, el intercambio, la coproducción y la coevolución de los sistemas abiertos y dinámicos, Morin organiza la pirámide explicativa de su monumental obra “El Método”, con amplia incidencia en la educación y en la investigación: La naturaleza de la naturaleza, La vida de la vida, El conocimiento del conocimiento, Las ideas, su hábitat, su vida, sus costumbres, su organización, La Humanidad de la humanidad. La Identidad humana y La Ética.

Los principales cuestionamientos a su pensamiento provienen de la poca sensibilidad para poner en contexto la intencionalidad de su propuesta, pues él trata de mostrar que es posible el entendimiento del mundo que nos rodea desde una manera diferente a la corriente principal prevaleciente y no de proponer un método de investigación con carácter de universalidad al estilo de los esfuerzos paradigmáticos convencionales.

El joven Morin inicia su camino crítico a partir de los principios básicos en que se sustenta el método científico, desde sus orígenes fundacionales en el marco de la tradición instaurada en la época del conocido Renato Descartes y que la historia sacraliza bajo el bautismo del método cartesiano: la disyunción, la reducción, la abstracción y la causalidad.

Desde su madurez se ocupa de aportar otros principios u operadores:

  1. El dialógico: que une o pone en relación ideas o principios entre dos lógicas, entidades o instancias complementarias, concurrentes y antagónicas que se alimentan la una a la otra, se complementan, pero también se oponen y combaten y a diferencia de la dialéctica, no existe superación de contrarios, sino que los dos términos coexisten sin dejar de ser antagónicos.
  2. La recursividad: introduce la noción del bucle recursivo, que supera la regulación, la autoproducción y la autoorganización, ya que se trata de un bucle generador en el que los productos y los efectos son en sí mismos productores y causantes de lo que se produce, de modo que el efecto puede volverse causa y la causa puede volverse efecto.
  3. El hologramático: que viene de la voz griega holon, y significa todo, lo utiliza para superar al reduccionismo (que ve solo las partes) y al holismo (que no ve más que el todo), partiendo del axioma de Aristóteles “el todo es más que la suma de las partes”; pero, paradójicamente, también puede ser menos, pues al incorporarse las partes a un sistema pueden perder grados de libertad (constreñimientos) y surgir propiedades emergentes (cualidades que presentan carácter de “novedad”).

“Los siete saberes necesarios para la educación del futuro”, es sí quiere una premonición del mundo que nos “toca” vivir, cuyas coordenadas se exacerban en el contexto de la pandemia del Coronavirus, que hace aflorar asimetrías, exclusiones y vulnerabilidades.

Felicitaciones maestro en la celebración de sus 100 años de vida, que sus luces nos sigan alumbrando para trazar nuestros propios caminos, como bien usted mismo concluye: su pensamiento no está concluido aunque muera mañana.

https://www.youtube.com/watch?v=6nSHUbR29Dg

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Arlette Pichardo Muñiz

Estudió Sociología, con Maestría en Planificación y Doctorado en Educación.